Reflexiones de la Mesa Redonda 1

Algunas de las reflexiones que nos han proporcionado participantes en la mesa redonda: “Otras prácticas artísticas, otros modos de hacer. Otras economías”

Raúl Abeledo nos ha compartido estos dos documentos:

SPACES. For Innovation, Creativity and Culture
La cultura como factor de innovación económica y social

Otros modos de hacer son posibles
Domingo Mestre

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“El mundo del arte es un espejismo para inversionistas, es una isla, es el único espacio de la tierra donde el dinero no sabe lo que compra y la incertidumbre misma sobre el valor de lo real se convierte en experiencia. (…) A los artistas cachorros nadie parece haberles dicho que el arte no es una profesión, que aparte de las becas estatales y de una que otra migaja filantrópica, lo mejor es que se inventen una forma de automecenazgo que los haga menos vulnerables a las fluctuaciones sociales de un sistema económico aleatorio”.
Lucas Ospina en, El fin de la clase media en el arte.

He empezado con una cita un poco brutal así que para rebajar un poco la tensión quiero aclarar que el contexto al que remite no es exactamente el nuestro, sino el de la actual Colombia, y que, personalmente, tan solo la asumo de forma parcial pues aunque soy de los que piensan que el arte es ante todo vocación también entiendo y respeto a quienes se lo plantean como profesión. A partir de aquí, voy a intentar ganarme el sueldo intentando buscar semejanzas y diferencias entre el panorama que me encontré cuando yo acabé BBAA y el que os encontráis vosotros ahora. Cuando terminé mis estudios, a principios de los noventa, el contexto también era de crisis del mercado artístico, y en ese sentido era bastante parecido al actual. En los años ochenta, la “pacífica” transición desde la dictadura franquista se vendió como el modelo ideal (para hacernos demócratas sin que apenas cambiara nada) y ello contribuyó a que el país, y los jóvenes artistas que entonces lo representaban, se pusieran de moda y se creara una burbuja artística que a principios de los noventa explotaría, provocando el cierre de muchos espacios y una sensación de desamparo similar a la que algunos de vosotros me habéis contado sentís ahora mismo. De ahí que la entrada en el mercado del arte fuera vista por la gente de mi generación como algo a lo que no solo era cada vez más difícil acceder sino que incluso a muchos nos parecía indeseable, al menos a corto plazo. Ello nos llevó a ensayar otros modos de hacer las cosas, buscando diferentes fórmulas de cooperación y autogestión, creando redes, integrándonos en plataformas y colectivos sociales, colaborando con profesionales de otros campos como la música y la danza pero también con sociólogos, antropólogos, arquitectos, etc.

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No obstante, existe una diferencia fundamental entre el contexto actual y el de hace 25 años, y es que la actual crisis no es solo del mercado del arte, sino que se trata de una gran estafa global cuyo epicentro está localizado ahora en los países del sur de Europa, y que posiblemente llegará a afectar a todo el sistema económico de la UE, con lo que ello conlleva de acelerada descomposición del Estado social en el que hemos vivido hasta ahora. Esto os lo pone todo mucho más difícil, he de reconocerlo. Una situación a la que, además, no se le ve ninguna perspectiva de mejoría, por mucho que el gobierno de España esté tomando medidas electoralistas de urgencia para intentar mejorar sus resultados en las próximas elecciones. De hecho, en la Comunidad Valenciana estamos en bancarrota técnica y tan pronto acabe la última cita electoral de este año se nos va a imponer un lote de recortes que me temo va a equiparar de golpe nuestra situación a la del contexto latinoamericano. Un mundo mucho más duro y cruel que el actual donde me temo que las nuevas voluntades artísticas van a verse sometidas a muy duras pruebas.

Ante esta perspectiva, la pregunta obligada podría ser: qué es lo que se puede hacer desde el abajo, desde la situación en la que estáis vosotros y vosotras ahora mismo. Mi respuesta es que, ante todo, hay que formar piña y unirse en la defensa solidaria de los derechos sociales, educativos y culturales de los más desfavorecidos, pasando lo primero por las urnas, aunque sea tapándose la nariz, para exigir responsabilidades a quienes nos han traído hasta aquí. Pero, además, también hay que seguir trabajando de forma activa el resto del año, intentando contrarrestar el actual proceso de desmantelamiento del Estado desde la base, generando estructuras de cooperación y apoyo mutuo a partir del trabajo en común de las universidades y la sociedad civil (el modelo de las cátedras abiertas que llevo años defendiendo sin que nadie me haga caso) y apoyando de forma firme a asociaciones profesionales como AVVAC, que se dedican a la defensa de los intereses comunes de los artistas, para intentar luchar colectivamente contra la precariedad institucionalizada. Pero solo con eso no se van a solucionar todos los problemas, obviamente, pues lo cierto es que en España no existe suficiente tradición de consumo cultural y de donde no hay no se va a poder sacar –y aquí, el año que viene, cuando los que manden vuelvan con los recortes que nos va a exigir la UE, me temo que no va a quedar ni un duro, al menos público-. Por otra parte, creo que también hay que valorar si la transferencia de conocimientos en materia de creación artística está funcionando como debería. Y esta es una pregunta que debemos hacernos tanto desde las universidades como desde el resto de los colectivos y asociaciones artísticas, que al final somos los primeros interesados en que esta difusión del conocimiento se produzca. Porque a lo mejor resulta que esta mañana, junto a los artistas, críticos y galeristas que hemos estado escuchando las explicaciones sobre vuestro proyecto artístico, debería haber habido también algún empleado de banca o tratante de ganado que os proporcionara un feedback verdaderamente externo sobre lo que hacéis. No sé, es una pregunta que me hago yo mismo en voz alta. Porque aquí sí que tenemos que rascarnos la cabeza todos y todas, pues la triste realidad es que lo que estamos haciendo, incluso lo que estáis haciendo vosotros que empezáis ahora, tiene un nivel artístico muy alto, pero a la hora de la verdad no conseguimos romper la burbuja artistológica, de los conocedores –que son los que nos entienden porque están estéticamente formados- y de los conocidos –que son los que nos atienden porque nos conocen y nos quieren-, para conectar con el resto de la sociedad en términos de suficiente masa crítica como para que aquí se pueda vivir profesionalmente del arte. De hecho, me gustaría saber cuántas entradas se están vendiendo cada día en el Centro del Carmen para ver una buena colectiva de jóvenes artistas como es PAM PAM.

Volviendo al tema del qué es lo que se puede hacer en el mientras tanto, una de las posibles salidas para intentar escapar del actual embrollo, podría pasar ahora, igual que hace 25 años, por el propio empoderamiento en cuanto agentes culturales empecinados en localizar las grietas del sistema para hurgar en ellas y buscar líneas de fuga específicas para vuestro proyecto artístico y vital. Y, si no las encontráis o los retornos que os proporciona no son suficientes, quiero alentaros a aprovechar vuestra creatividad para buscar otros destinatarios para las producciones artísticas que hacéis. O también podría ser al revés, darle las vueltas necesarias a lo que estemos haciendo ahora, si es que el proceso no está funcionando como nos gustaría, hasta encontrar la forma de acceder a interlocutores que sí que lo valoren en sí mismo. Es lo que en gestión cultural se llamaría creación de nuevos públicos y en el terreno de la práctica artística se llama buscarse la vida como sea. Y esto podría pasar por explorar formas de intercambio o devolución económica, no necesariamente dinerarias, que os permitan seguir desarrollando vuestro proyecto artístico sin perecer en el intento (el clásico trueque de obra o servicios profesionales con alguien a quien le gusta lo que hacéis, la activación de espacios en desuso o infrautilizados como fórmula para obtener visibilidad e incluso autoempleo, el agrupamiento en asociaciones y cooperativas de autogestión, etc.). Otra línea interesante podría ser la exploración –y explotación- de los huecos legales existentes, sobre todo, en el campo de la alegalidad, ese amplio territorio que abarca todo lo que sin llegar a ser legal tampoco es ilegal. Un territorio relativamente poco explorado, pero que puede llegar a ser especialmente fértil muy pronto. Tan pronto como la nueva interlocución política deje de preocuparse exclusivamente del beneficio de los más ricos (las grandes fortunas de este país, tan solo en los tres primeros meses de este año, han aumentado un 9% sus beneficios) y empiece a favorecer de verdad las iniciativas que generen nuevas economías adaptadas al contexto de crisis. En este sentido, el referente latinoamericano es muy interesante también porque en Argentina, por ejemplo, tras el corralito llegaron a vivir con dignidad hasta tres millones de personas, y la presión social consiguió cambiar la legislación para favorecer la recuperación de empresas quebradas, procesos en los que los artistas tuvieron un papel importante. Porque aquí lo que más falta hace ahora, son medidas que faciliten este tipo de procesos. Iniciativas que ayuden a cambiar esas estadísticas que dicen que en España solo el 3% de los jóvenes universitarios (y el 12% de los no universitarios) se plantea el autoempleo frente al 40% de media en Europa y el 65% en USA.

Todo ello, claro, sin olvidar la importancia de replantearse las críticas globales al sistema que nos está llevando al colapso, y el trabajo combinado en esta dirección es imprescindible, porque es imposible la transformación social estirando tan solo desde uno de los puntos del sistema, por débil que este nos parezca. Porque hace falta una mirada ecofeminista de la cultura y de la economía. Un replanteamiento de los modos de hacer en general que potencie todos los aspectos relacionados con los cuidados y los afectos que en estos momentos se están desatendiendo, y en ese campo los artistas tenemos muchísimo que hacer y que decir. Estudiando cuál es el nuevo papel que podríamos adjudicar a nuestras competencias artísticas e intentando ponerlo en practica. Y revisando los modos de plantear las relaciones de lo artístico con su contexto, esto es el modo en que la sociedad que nos acoge y da sentido –o no- a lo que hacemos. Si os animáis a explorar estos territorios veréis que hay vida artística más allá de las galerías y las salas de exposiciones. Que también existe el arte comunitario y que hay muchos grupos y redes de profesionales que usan las herramientas que nos son propias para impulsar la transformación social. Yo pertenezco a dos de ellas y os voy a dejar un enlace porque en ambas se facilitan guías y apoyo logístico con materiales de libre uso: la red de arquitecturas colectivas y la red de ilusionistas sociales.